viernes, 5 de septiembre de 2014

ES EXTRAÑA LA LIGEREZA
CON QUE LOS MALVADOS
CREEN QUE TODO LES SALDRÁ BIEN.
(VICTOR HUGO)

Cada día más sorprendido...

Ahí queda este poema de Manuel Altolaguirre.

Maldad 

El silencio eres tú.
Pleno como lo oscuro,
incalculable
como una gran llanura      
desierta, desolada,
sin palmeras de música,
sin flores, sin palabras.      
Para mi oído atento
eres noche profunda
sin auroras posibles.      
No oiré la luz del día,
porque tu orgullo terco,
rubio y alto, lo impide.      
El silencio eres tú:
cuerpo de piedra.

Posdata para mi estimado Findecano: Aparte de que me alegro muy mucho de saber de vuecencia, agradezco tus recomendaciones. Historia de dos ciudades, de Charles Dickens, como cualquiera de sus novelas, ocupa un lugar destacado en mi biblioteca personal. Y El Corsario Negro, de Emilio Salgari, me trae a la memoria algunos de los mejores momentos de las lecturas de mi (cada vez más lejana) adolescencia.

¡Hasta pronto! 

lunes, 25 de agosto de 2014

TODO CONCLUYE, PERO NADA PERECE.
(SÉNECA)

¡Qué poquito, qué poquito queda...!

Varios libros han pasado por mis manos durante estos días estivales: concluí la estupenda cuarta entrega de Canción de hielo y fuego: Festín de cuervos, de George R. R. Martin, y acabo de iniciar la quinta, Danza de dragones; y comencé y aparqué Las aventuras de un chino en China, de Julio Verne, y el Diario de Ana Frank. Ya las retomaré con tranquilidad. 

El caso es que me apetecía dejarme acompañar de algo mucho más liviano y fácil de leer y cuyo argumento girara en torno a lo fantástico y/o terrorífico. Así que aproveché la oferta ofrecida en el escaparate de una librería y adquirí la enorme novela de un antiguo conocido que en su día (cosas de la edad) me atrapó con muchas de sus piezas clásicas: La cúpula, de Stephen King. Las mil y pico páginas de la narración se leen en un santiamén, lo cual se agradece; por ellas pulula, si bien se echa en falta al consabido escritor y/o profesor traumatizado, una multitud de personajes de caracteres muy arquetípicos de esta clase de obras (el del malvado segundo concejal resulta divertido por lo simplón); y, como ya es habitual en él, el autor parte de una interesante idea que acaba por desarrollar de una forma poco fructífera y que concluye con otro de sus habituales remates apocalípticos. Ah, y sin que falte la merecida reflexión: no hay que jugar con las hormiguitas.

En definitiva, un libro de consumo, ligero y apropiado para estas fechas u otras similares. 

Más suerte para otros productos, míster King.

¡Hasta pronto!  

martes, 29 de julio de 2014

AQUEL QUE QUIERA CONSTRUIR TORRES ALTAS,
DEBERÁ PERMANECER LARGO TIEMPO EN LOS FUNDAMENTOS.
(ANTON BRUCKNER)

Mi puesta al día en series de televisión se caracteriza por ser lenta y, casi siempre, cuando ya está todo dicho sobre ellas. Pero no creo hacer mal a nadie por ofrecer una somera valoración de mis últimos momentos de la ficción catódica. Así que...

Comienzo por la sexta temporada de TrueBlood, serie sobre vampiros (y si hay chupasangres ya me han ganado) y otros seres sobrenaturales. Aunque ya se le nota ciertas señales de desgaste, al menos me siguen sorprendiendo los desquiciados, viscerales y sexuales argumentos de la panda de Sookie Stackhouse, completamente ajenos a la línea argumental que la autora Charlaine Harris ofrece en las novelas en que se basa la serie. Me he divertido y espero con ansia la séptima y última temporada.

Un estupendo ejemplo de cómo con poco se puede ofrecer mucho: me refiero a la tercera temporada de la serie británica (en esto los ingleses son maestros) Luther. Sólo cuatro episodios para ahondar en la personalidad del policía caza-psicópatas componen esta magnífica tercera tanda.

Dando otro paso por esta zona, algo apenado me deja el final de uno de mis psicópatas favoritos, Dexter. Su séptima y última temporada contiene algún que otro pantallazo memorable (como el del trayecto en coche desde los Cayos a Miami que realiza una temible familia feliz), pero la serie ya estaba debilitada desde hacía bastante tiempo. No obstante, soy de la opinión de que el shakesperiano final no es el que se merecía este peculiar hombre de la sangre.

Por su parte, y ya inmerso en su última temporada, el devenir de Breaking Bad no deja de ser también curioso. Vistas de un tirón las temporadas cuatro y cinco, comprendo su valorada aportación al género. Únicamente diré que es una de las series que más me ha inquietado y desazonado, a pesar de los abundantes salpimentados de humor sanamente ácido que aderezan la función.

Y, finalmente, la primera temporada de Homeland me promete (eso espero) igualmente encuentros futuros deleitables. Aunque los primeros episodios no acababan de engolfarme, el clima in crescendo del resto de los capítulos acabó por convencerme.

Bueno, ya está bien por ahora. 

¡Hasta pronto y que el verano os sea provechoso y dichoso!

martes, 15 de julio de 2014

 EL ENTRETENIMIENTO Y EL APRENDIZAJE
NO SE OPONEN.
EL ENTRETENIMIENTO PUEDE SER
EL MODO MÁS EFECTIVO DE APRENDER.
(HERBERT MARCUSE)

Me reafirmo en mi decisión para este periodo estival: pleno descanso, tanto a nivel mental como físico.

Ilustro esta entrada con otras tres imágenes de la última representación teatral, una adaptación bastante fiel de Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura. Paso a comentarlas brevemente.

En la primera fotografía aparecen doña Pura (Marta Marruecos), la futurible suegra doña Sacramento (Leticia Nguyen) y don Rosario (José Manuel Fernández) reprendiendo a Dionisio (Adrián Polo) por haber descuidado durante unas horas la relación con su prometida Marga.
La segunda imagen, que se corresponde con la escena de la fiesta, ofrece en primer término a la cantante de ópera madame Olga (Andrea Polo) y a su pretendiente, el muchachote deportista Rodolfo (David López-Huertas), mientras este comprueba que han dado buena cuenta del contenido de la botella. Detrás de ellos, se encuentran doña Pura y una de las pizpiretas cabareteras, Carmela (Lorena Sánchez).

Y, por último, en la tercera fotografía aparece, casi de espaldas, un descubrimiento tardío para el mundo del espectáculo: José Luis Moya interpretando a Mariano, un surrealista cazador de nacionalidad alemana.  De perfil, si bien como público, igualmente aparece en la esquina inferior derecha Adrián Muñoz, uno de los mejores actores que han pasado por este grupo de teatro.

En la próxima actualización valoraré mis últimas incursiones en la lectura, el cine y las series de televisión.

¡Hasta pronto!

jueves, 3 de julio de 2014


EL SABIO USO DEL OCIO ES UN PRODUCTO
DE LA CIVILIZACIÓN Y DE LA EDUCACIÓN.
(BERTRAND ARTHUR WILLIAM RUSSELL)

Por fin, y a pesar de que constato que el tiempo ha pasado más que volando, llega el ansiado periodo vacacional. Objetivo para estos días: además de gozar de momentos con mi gente querida, mucho, mucho, mucho descanso y ser vapuleado por la lectura y el cine. Aquí queda dicho.

Os dejo también constancia, con las fotografías superiores, de la última obra que he llevado al escenario: una versión (esta vez bastante fiel) de la comedia del absurdo por excelencia de nuestra literatura: Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura. Por cierto, debo afirmar que ha sido, quizá, una de las obras cuyo resultado final más me ha satisfecho.

En la primera imagen aparecen Dionisio (Adrián Polo), el protagonista de la obra, junto a don Rosario (José Manuel Fernández), dueño del hotel en el que éste se aloja la noche antes de su boda, y doña Pura (Marta Marruecos), hermana del segundo y personaje creado ex profeso para esta versión.

La segunda fotografía recoge el momento en que el bailarín Buby (Antonio Rodríguez), convertido a la sazón en un cubano de armas tomar, y Dionisio contemplan a la protagonista, Paula (María García), realizar malabares con los sombreros que dan nombre a la obra.

Y la tercera y última se corresponde con la escena del caótico baile que tiene lugar en la habitación de Dionisio, en la que se encuentran, entre otros, la cabaretera Sagra (Laura Moreno), el cazador alemán Mariano (José Luis Moya) y sus inefables conejos, doña Pura en pleno acto danzarín, la cantante de ópera madame Olga (Andrea Polo) -que en la obra original era una mujer barbuda- y el muchachote deportista Rodolfo (David López-Huertas).

Sólo me resta desearos también un verano espléndido y prometeros que pronto escribiré un poquito más.

¡Ah, y de regalo, el vídeo que testimonia los días que el pasado mes de abril vivimos en Londres!


martes, 17 de junio de 2014

SOLAMENTE AQUEL QUE CONSTRUYE EL FUTURO
TIENE DERECHO A JUZGAR EL PASADO.
(FRIEDRICH NIETZSCHE)

Con un cierto retraso (asistí a lo proyección de esta película el mismo fin de semana de su estreno), comento, desde mi más que reconocida ignorancia del universo Marvel, la última película de Bryan Singer sobre los mutantes y sus fluctuantes emociones, X-Men: Días del futuro pasado.

Reconozco que las peripecias de este amplio grupo de personajes, al que he llegado, como en otros casos, a través de cómics recopilatorios de los años 60 y 70, me resultan de los más atractivas, quizá por el hecho de que es no es difícil conectar con algún que otro miembro de este variopinto equipamiento y de que, en ocasiones, mis personales mutaciones me han acercado psicológicamente a los elegidos como favoritos (qué curioso, a mí Lobezno ni fu ni fa). Pero ahí acaba toda clase de afectividad, ya que la lectura de estos tebeos, de cualquier hijo o hija de Stan Lee, al final, se me hace muy cuesta arriba y la abandono hasta mejores fechas del futuro.

Así que me voy a limitar a enumerar aquello que más me ha gustado o impactado del largometraje (que, por informaciones ajenas, sé que se aleja en varios grados del argumento del cómic en el que se inspira), no sin antes concluir que, en general, este es un filme digno de disfrutarse en la gran pantalla.

Lo mejor, sin duda, las escenas con el veloz Mercurio (Evan Peters). En concreto, la que tiene lugar en los sótanos del Pentágono, cuando deciden liberar al joven Magneto (Michael Fassbender), la considero la más espectacular de todo el largometraje y, tal vez, de toda la saga. Igualmente destaco el clímax final, el momento en que Magneto ataca la Casa Blanca (lo que les gusta a los cineastas americanos destruir este emblema del poder político; ¿para cuándo algo similar en nuestra cinematografía?) empleando como arma arrojadiza un estadio de béisbol.

Lo peor, y aquí prima quizá mi subjetividad más exacerbada, es que echo en falta que le dediquen más tiempo a los apocalípiticos acontecimientos del futuro, equilibrándolos de esta forma con los del incierto pasado. Y, lo siento muy mucho, no pude evitar que, cada vez que aparecía el personaje del científico Bolivar Trash (Peter Dinklage), mi mente me condujera hasta el Tyrion Lannister de Juego de Tronos. Qué le vamos a hacer.

¡Hasta pronto!

viernes, 23 de mayo de 2014

UNA TRAGEDIA PUEDE LLEGAR A SER
EL MAYOR DE NUESTROS BIENES
SI NOS LA TOMAMOS DE UNA MANERA
QUE NOS PERMITA CRECER.
(LOUISE HAY) 

La nueva reinvención del mítico monstruo japonés en el filme Godzilla, del director británico Gareth Edwards, puede provocar sentimientos encontrados.

Por un lado, es innegable que, aparte de las conexiones con Monstruoso (2008), dirigida por Matt Reeves o Monsters (2010), obra del mismo autor que este Godzilla, quienes hayan visto alguna de las películas originales (entre los que me incluyo, pues son referente de los cines de verano de mi infancia) disfrutarán durante el proceso de reconocer la más que cacareada afinidad con estos largometrajes. De estos referentes, destaco de forma especial la herencia en el diseño del monstruo y de los decorados urbanos, la dualidad moral que se desprende del comportamiento de la bestia (¿es bueno o malo?) y, cómo no, el actualizado transfondo de enseñanza ecológica (un punto en común con otros productos cinematográficos catastrofistas actuales). Y si me preguntáis con qué escena me quedo, me impactó la que se desarrolla en unas vías ferroviarias.

Por otro, también es cierto que hay tramos argumentales, dentro de la película, que se antojan aburridos e insufribles y que la carga del mensaje familiar (algo también compartido con otras películas contemporáneas) a mí, particularmente, me sobra.

Y termino admitiendo que el Godzilla lagartija, que en 1998 dirigió Roland Emmerich, hoy tan denostada, a mí me resultó entretenida al entender que no había que pedirle más a una película que responde a los esquemas propios de un determinado cine.

Dicho esto, ¡hasta pronto!