
CUANDO A MI PUERTA SE PARAN LOS CABALLOS DEL TIEMPO
SIEMPRE DUDO UN POCO EN MIRARLOS BEBER
PORQUE ES MI SANGRE DONDE SACIAN SU SED.
(JULES SUPERVIELLE)
Consumatum est.
He dejado que pasen unas cuantas horas para que las emociones se aplaquen, si no del todo al menos lo suficiente para que el zarandeo del torbellino me desequilibre lo justo.
El pasado viernes resultó un satisfactorio desgaste físico y psíquico. Hay que ver lo que supone gestar algo tan elemental como una modesta obrita de teatro escolar, sobre todo el día de la representación. Y, mal que nos pese, para que todo el proceso de varios meses se cierre en algo más de hora y media de representación.
La mañana se desarrolló ligerita. A las 9:00 horas ya estaban todos los trastos preparados para ser trasladados al escenario. El montaje resultó rápido: la clave del musical nos obligaba a no recargar el decorado para que el espacio libre permitiera los movimientos danzarines de los actores. Así que a eso de las 11:3o cada elemento ocupaba su lugar.
Ya de vuelta al instituto, ensayamos unas cuantas escenas hasta que llegara la hora de alimentarse. El clima de la comida fue genial, aunque ya se detectaban los nervios obligatorios. Terminada la colación, nos tomamos unos cafetitos, refrescos y granizados y marchamos a la Casa de la Cultura.
El ensayo previo arrojó algún que otro traspié. Pero todo dentro de la normalidad. Es lo malo que tiene preparar una obra ensayada a "trozos". Los últimos días es cuando deben encajar las piezas del puzzle, y puede ser que haya elementos que no se acoplen como deben. Pero, en fin, ese siempre ha sido un signo distintivo de nuestras obras. Luego vino el vestuario y el maquillaje y el esperar que llegara el momento de arrancar. ¡Qué rápidamente pasó el tiempo!
Las palabras previas a la representación ya arañaron sentimientos. Lo admito: nos emocionamos (me emocioné) y se escaparon algunas lágrimas (el título de la obra daba juego) y expresiones entrecortadas.
Y vino la historia. Siendo sincero, ¡qué poco recuerdo! Entre bambalinas, se tiene una visión muy limitada de cómo se desarrollan las escenas. Y si a ello se añade que te mueves de un sitio a otro controlando ciertos detalles, que estás pendiente de si se percibe cómo reacciona el público, que la tensión te agarrota, que quienes pululan a tu alrededor te acribillan a preguntas... el resultado es una sensación de caos que permite valorar muy limitadamente lo que te llega. Con esto no quiero negar que hubo fallos, que los hubo. Ruego a los que fuisteis espectadores que nos disculpéis. Y espero que disfrutarais, al menos, con algún momento de la representación.
Sí recuerdo un poco más nítidamente el momento de la despedida. Pero, puesto que no me agrada analizar detenidamente las emociones, únicamente repetiré (desconozco si fidedignamente) parte de lo que expresé desde el escenario (y que creo haber dicho ya en otra ocasión): Gracias a quienes, a lo largo de estos siete años, habéis hecho realidad este juego, esta ilusión, este sueño, del teatro. Sin vuestra ayuda, hubiera sido imposible.
Luego vino esa sensación de vacío que me suele embargar cuando todo concluye. Hasta el momento, la combatía esbozando en la mente cuál podía ser el camino que podríamos tomar para la siguiente representación. Hoy por hoy, el silencio se impone. El escenario será nuevo, pero el libreto está por redactar.
Pero seguro que en esas líneas por escribir influirá el recuerdo de todas las vivencias atesoradas.
Thanks, perráncanas y perráncanos teatreros.






